Verdadera devoción a María

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“Maestro mío, -dice San Luis María Grignion de Montfort dirigiéndose al Salvador del mundo, en el Tratado de la Verdadera devoción a la Santísima Virgen- ¿no es cosa que causa admiración y lástima ver la ignorancia y las tinieblas que embargan a los hombres de este mundo con respecto a vuestra santísima Madre? Y ahora no hablo de tantos idólatras y paganos que, al no conoceros a Vos, no se cuidan de conocerla a Ella… Hablo de los cristianos católicos y aun de algunos doctores entre los católicos que, haciendo profesión de enseñar a otros la verdad, no os conocen a Vos ni a vuestra santísima Madre más que de una manera especulativa, seca, estéril e indiferente…”.

Ese lamento del Santo francés que ha traspasado los siglos, bien podría ser proferido por almas piadosas de hoy, quienes anhelan un mayor conocimiento de la Virgen y su papel en la salvación de los hombres, para su gran beneficio. Afirma San Luis que realmente para conocer al Hijo, hay que conocer a la Madre, y por tanto, que profundizar en la teología de María, es adentrarse en el conocimiento del Salvador. Igualmente, ser devoto de ella, es llegar directamente al Corazón de Cristo.

¿Cómo es la verdadera devoción a la Virgen? Claramente la explica también San Luis María de Montfort:

Es interna, es decir “nace del espíritu y del corazón; y proviene de la estima que se hace de la Santísima Virgen, de la alta idea que uno se forma de su grandeza y del amor que se le profesa”, según explica el P. Royo Marín O. P., resumiendo a San Luis María.

Es tierna, esto es “llena de confianza en la Santísima Virgen, como la del niño en su cariñosa madre”. Esa confianza puede sernos inspirada por una realidad teológica incontestable, como la de la maternidad espiritual de la Virgen sobre todos los hijos adoptivos de Dios. Esa característica “hace que el alma recurra a María en todas sus necesidades de cuerpo y de espíritu, con mucha sencillez, confianza y ternura; que implore la ayuda de su celestial Madre en todos los tiempos, en todos los lugares y en todas las cosas”.

Es una devoción santa, lo que significa que busca la justicia; hace que el devoto quiera imitar las virtudes de Nuestra Señora, y con ello alcance la virtud, la santidad. En este sentido, podemos recordar el aforismo que reza que “el amor trasforma”: si verdaderamente amamos a la Virgen, tarde o temprano tendremos sus reflejos. Y para amarla hay que conocerla, pues el amor va ligado al conocimiento, lo que puede hacerse, por ejemplo, repasando los textos de la Sagrada Escritura que a Ella hacen alusión, o en la lectura de un buen libro de mariología.

La verdadera devoción a la Virgen es desinteresada: “inspira al alma a que no se busque a sí propia, sino sólo a Dios en su santísima Madre”, según declara Royo Marín. Ese desinterés también nace del puro amor. El amante cuando considera la belleza sublime del amado fácilmente sale de sí, para solo contemplar el ‘objeto’ de su encanto, hasta el olvido de su ser.

Finalmente, es una devoción constante, pues “consolida al alma en el bien y hace que no abandone fácilmente sus prácticas de devoción”. Es claro que la constancia no es la virtud natural más en boga, particularmente entre las nuevas generaciones. Pero sabiendo que Nuestra Señora es la Dispensadora universal de todas las gracias, ella dará también al alma que se la pida, la gracia de no abandonar nunca el amor a Ella.

Por Saúl Castiblanco

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